sábado, 11 de mayo de 2013

¿Protegemos a nuestros niños o nos autoprotegemos?

La idea de proteger a los niños ha ido evolucionando, cambiando a lo largo del tiempo, así como el concepto de infancia. No hablaremos de la protección física sino de aquella protección o desprotección más velada, menos vistosa, aquella que se produce en las casas, entre los actos, los silencios y las palabras. Hablaremos de la idea de considerar a los niños. Y considerar significa “Examinar cuidadosamente un asunto y reflexionar detenidamente sobre él” En algún momento se introdujo la palabra trauma en el lenguaje de los padres y se normalizó, cuando en general se tiene un desconocimiento del verdadero significado de esa palabra: “Choque o sentimiento emocional que deja una impresión duradera en el subconsciente, generalmente a causa de una experiencia negativa”. Desde alguna corriente psicológica que seguramente ya ha pasado de moda, se instala entre los principios educativos de las familias. Conviene aclarar que para que tengan un trauma la situación ha de ser extra-ordinaria, de mucho sufrimiento y prolongado en el tiempo. Los niños y adolescentes no cogen traumas si se les retira algo a lo que están muy enganchados, o si se quedan sin salir con sus amigos o sin ver la TV; los niños no cogen traumas si no se les compra todo lo que quieren y en el momento en que lo quieren y sobre todo, los niños no cogen traumas si cuando pasa alguna situación en la casa que lo pone todo patas para arriba se comparte con ellos de una manera sincera, emocionalmente hablando, y se les incluye, como miembro de la familia que es, en el proceso de la situación y se le va haciendo partícipe como uno más pero a su nivel de lenguaje y comprensión. Cualquier situación es más llevadera para el niño si sabe lo que está pasando y no tiene que recurrir a su imaginación y fantasía para deducirlo. No saber le hace sentirse inseguro y fuera de juego. “¿Por qué no cuentan conmigo? ¿Qué está pasando?...” Mientras estas cábalas circulan por la cabeza del niño, los adultos van tomando sus propias decisiones ignorando qué puede estar sintiendo y sin contar con él. “Es mejor que no le digamos nada para que no sufra” o sentencias similares esconden el egoísmo y la autoprotección de los adultos por la dificultad que presuponen de tener que explicarle o contarle al niño una situación de sufrimiento, separación, enfermedad o muerte. ¿Y si fueran ellos quienes nos lo explicaran? Todo sería mucho más sencillo. Tanto peor que ese silencio que oculta, son las mentiras que les contamos para hacer del mundo un lugar amigable y hacer de la vida un recorrido apacible y sin problemas. El mundo a veces es amigable y a veces es tremendamente injusto y sin sentido; la vida es un recorrido lleno de alegrías y también de llantos, ausencias, fracasos, expectativas no cumplidas, etc. a las que más tarde o más temprano cualquier persona va a tener que enfrentarse. La responsabilidad de las familias respecto a sus niños pasa por que crezcan emocionalmente fuertes, capaces de atravesar cualquier situación de dolor o fracaso o cambio sin desmoronarse, capaces de salir de esas situaciones más fortalecidos porque su experiencia les ha demostrado “que es capaz” y eso sólo se consigue si les hacemos partícipes de las situaciones familiares. Eso se consigue si no les ponemos las cosas demasiado fáciles, si les damos oportunidades de superación cuando les ha ido mal, si se les proponen desafíos que puedan alcanzar con esfuerzo y perseverancia, si tienen metas que conseguir, si confiamos plenamente en ellos y se lo decimos y sobre todo, si no les dejamos solos (les dejamos solos cuando les ocultamos o mentimos) y recorremos junto a ellos cualquier dura situación. Un exceso de permisividad disminuye la capacidad de soportar la adversidad y el esfuerzo; debilita el sistema inmunológico emocional y les hace sentir indefensos y desamparados porque no hay un marco educativo definido donde sabe qué pueden hacer y qué no y donde los actos tienen consecuencias. En ocasiones, cuando los niños crecen así, en la adolescencia se vuelven contra sus padres justo por haberles concedido todo aquello que en su momento pidieron. La palabra no, no entró cuando debía en su recorrido de aprendizaje de la convivencia y de la vida. Dotarlos de estrategias de afrontamiento, en cambio, les permite avanzar por la vida seguros y teniendo en cuenta a los otros. Esto no se hace en un día sino en la continuidad de la convivencia, en la cotidianeidad y desde que nacen. Es habitual entre las madres y padres, sobre todo de adolescentes, escuchar frases como “es que no me cuenta nunca nada” “no habla, está en su mundo”. Pero ¿Nos hemos preguntado nosotros mismos si hacemos con ellos lo que les pedimos que hagan con nosotros? ¿Si lo hemos hecho a lo largo de su vida? ¿Les hemos contado alguna vez lo que opinamos sinceramente de las cosas, lo que sentimos ante diferentes situaciones familiares o laborales o sociales? ¿Por qué, entonces, habría de hacerlo el niño o el adolescente? La sinceridad o confianza que esperamos que tengan con nosotros no cae del cielo, uno se las gana día a día desde que son pequeños, inspirando esa confianza deseada y transmitiéndola. Paradójicamente, un niño al que se le ha dado todo, al que se le ha hecho la vida muy fácil, con el que no se ha actuado con justicia -según la entienden los niños- es un niño que se siente desamparado y no querido. Ocuparnos de ellos significa acompañarles en el recorrido de su vida con sus sinsabores, sus dificultades y sus logros, caminar junto a ellos es hacerles saber que estamos y estaremos ahí siempre que nos necesiten pero que son ellos los que tienen que hacer su recorrido para ir descubriendo por sí mismos sus fortalezas y sus debilidades y utilizar las primeras cuando se pueda y reforzar las segundas cuando se necesite; ir descubriendo por sí mismos la vida, sin que nadie se la cuente versionada o interpretada y sacar conclusiones de sus propias experiencias, obteniendo las consecuencias de hacer las cosas de una manera u otra. Educar supone esfuerzo, perseverancia, honestidad y coherencia. Educar supone aplicarnos lo que predicamos. Y eso no es fácil. Quizás por esa dificultad y entrega personal que la educación requiere y que no siempre estamos dispuestos a dar nos acogemos a la comodidad -física, emocional y/o mental- y ésta es una mala compañera cuando de educar y de niños se trata. Hemos llegado a dónde estamos porque el ser humano avanzó y evolucionó por sus ganas, y en muchos casos, necesidad de llegar a otras tierras, de explorarlas, de descubrir, de saber, de conquistar, con todos los peligros que suponía. Hemos llegado a dónde estamos porque el cerebro de nuestros antepasados hervía inventándose utensilios y sistemas que les permitiera el asentamiento y una vida menos acicateada por los elementos. El Homo sapiens es luchador, conquistador, aguerrido, valiente, curioso, arriesgado, también destructor en muchos casos. Hemos llegado a dónde estamos, no porque las cosas han sido de color de rosa, sino todo lo contrario. El Homo sapiens es grupal, territorial, defiende lo que es suyo y a los suyos. Y por más que este mundo nos parezca inhumano, antes aún lo era más. Quizás nuestros logros en cuanto a humanidad van mucho más lentos que los otros logros pero estamos en el camino. Nuestro cerebro primitivo sigue ahí, para bien y para mal pero también el neocórtex, la capa evolutivamente más moderna del cerebro que controla las emociones y las capacidades cognitivas: memorización, concentración, autoreflexión, resolución de problemas, habilidad de escoger el comportamiento adecuado. Es importante señalar que lo que condiciona la especialización del neocórtex es su capacidad para generar, modificar y regular el amplio número de conexiones interneuronales. Así que de eso se trata, de procurarle y de permitir al niño experiencias que le provoquen conexiones interneuronales que le hagan ser más inteligente en todas las áreas de la vida, la social, la emocional, la cognitiva, etc.; experiencias de dificultad y de facilidad, como un todo, eso sí, haciéndole saber que estamos juntos en esto del vivir. Damos por sentado que el niño tiene menos capacidad para atravesar situaciones difíciles, cuando diferentes investigaciones nos demuestran que el niño por su capacidad de estar en el presente, por sus ganas de experimentar, investigar, relacionarse y jugar tiene más recursos personales que los adultos para afrontar situaciones de tristeza y pérdida. ¿Qué sabemos de lo que los niños saben realmente? ¿Nos hemos preocupado por averiguarlo o sencillamente nos manejamos con supuestos sobre ello sin comprobarlos? Educar es también investigar sobre el terreno, cuestionar esos supuestos educativos de la época en que vivimos, poniendo en práctica lo que nos parezca correcto y evaluando esa práctica, dejando de hacer aquello que no funciona y siguiendo con lo que sí funciona hasta que deje de hacerlo. Educar es arriesgar. Educar es preguntar y preguntarse. Entonces, ¿Podemos y debemos evitar el sufrimiento de nuestros niños y niñas? El sufrimiento injusto, innecesario, rotundamente sí, aquel que se produce desde el más fuerte al más débil, aquel que se produce desde muchos hacia uno, aquel que aunque oculto y silencioso, deja un huella de tristeza y desamparo en la mirada del niño que lo sufre y que los adultos que rodean a ese niño deberían deducir, vislumbrar, sospechar y actuar para impedir que se siga produciendo. El sufrimiento inherente a una situación, aquel que no podemos evitar de ninguna manera, no debe ser falsamente encubierto sino acompañado desde el afecto y la protección que el cariño proporcionan. Los niños se sienten seguros si son educados en la justicia, si son amados y desde ese amor son lanzados a desafíos alcanzables. Un entorno protector no significa aislar, mentir y ocultar, significa contener emocional y físicamente y atravesar de la mano, las aguas pantanosas haciéndole saber y sentir que forma parte de un grupo humano y que, juntos, cualquier situación es superable.

No hay comentarios:

Publicar un comentario