miércoles, 11 de febrero de 2009

TEXTOS DE "MORIR ES NADA" PEPE GARCÍA

PARTE I
ENFOCANDO EL HECHO DE MORIR
1. EL SENTIDO BIOLÓGICO Y SOCIAL DE ENVEJECER Y MORIR
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Podemos imaginar, si así nos place, que el ser humano es un proyecto divino hecho ex profeso para cumplir algún propósito que sólo ese creador debe conocer. Pero, con alma o sin ella, ese buen dios hipotético nos dejó un mensaje bien claro en nuestros genes: los humanos, como todos y cada uno de los seres vivos actuales o del pasado, somos una colonia de muchos billones de células con tareas muy específicas y coordinadas hacia un mismo fin, somos un sistema biológico muy complejo y nos debemos sólo a él -al propio sistema biológico, claro, no a ninguna divinidad-, a sus reglas y a sus intereses, que, en síntesis, se reducen a perpetuar la especie de la manera más eficaz posible, eso es replicar el sistema biológico humano una y otra vez con absoluta independencia de los sentimientos, esperanzas u objeciones que pueda tener o plantear esa entidad, de base biológica, que denominamos "conciencia".
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A nadie nos gusta envejecer, y se lo podemos contar y hasta cantar al dios de cada uno, pero eso no cambiará el hecho de que nuestro sistema biológico sea el único que mande de modo inexorable en nosotros. Tal vez no estará de más saber que el proceso de envejecer no es biológicamente útil y que por eso son tan escasos los mamíferos longevos, entre los que nosotros, la especie humana, nos contamos como una de las excepciones a la regla.
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Los humanos percibimos la muerte como un castigo, como algo injusto y absurdo que nos acarrea el dolor de la pérdida irreparable de los otros y la angustia del saberse también destinado a la extinción. Pero, sin embargo, la muerte es parte fundamental de la posibilidad misma de existir desde que comenzamos nuestro desarrollo embrionario. En nuestro organismo, la muerte y la vida se refuerzan una a la otra hasta conformar una dinámica de dependencia total. Vivimos porque estamos muriendo continuamente; morimos porque hemos vivido continuamente.
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Antaño, todos los aprendizajes necesarios para la supervivencia eran básicos y se transmitían verticalmente desde los de mayor edad -y experiencia- a los de menor, dentro de la propia familia; la edad cronológica avanzada, por lo que implicaba de acumulación de conocimientos indispensables, le concedía al sujeto un estatus superior, lo hacía acreedor del respeto general y era visto como imprescindible para su grupo familiar y / o social. Hoy, los aprendizajes básicos se realizan prácticamente todos fuera del ámbito familiar mediante "técnicos" contratados, con lo que el papel tradicional del abuelo o la abuela, aunque sean sesentones llenos de vitalidad, ha perdido sentido dentro y fuera de su familia, especialmente si ésta es urbana.
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2. NO SOMOS SERES ÚNICOS: DOLOR, DEPRESIÓN Y RITUALES ANTE LA MUERTE DE PARIENTES... ¡ENTRE LOS ANIMALES!
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Una primera conclusión obligada será, por tanto, considerar y aceptar que el dolor y la ritualización ante la muerte de un pariente y / o congénere no es un patrimonio único y característico de nuestra especie -no es, ni mucho menos, una prueba de "humanidad", tal como se ha afirmado durante siglos-, puesto que al menos hay otra, la de los chimpancés, que siente y actúa, en lo fundamental, como nosotros (más adelante veremos que hay otras especies que también reaccionan ante la muerte de congéneres de una forma más o menos ritualizada, demostrando poseer una profunda conciencia de pérdida).
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Cuando la muerte, en cualquier contexto cultural o histórico, pasa a formar parte de alguna rutina cotidiana, ya no golpea, inmuta ni escandaliza, se integra como algo "natural" y sólo deja de verse así cuando las circunstancias han cambiado completamente. En nuestra prehistoria era normal ser devorado por algún depredador, hasta hace bien poco tiempo fue normal morir al nacer o durante la infancia, o perder la vida en cualquier batalla local; hoy nos horroriza pensar siquiera en esas posibilidades, que se nos antojan absurdas, imposibles, "ilógicas", tal como nos lo parece también, en el primer mundo, morir por gripe, tuberculosis o inanición... a pesar de que en el Tercer Mundo sigan muriendo millones de humanos por esas mismas causas. En general, según sea un contexto social se tendrán por más o menos "lógicas" algunas formas de muerte y por "ilógicas" otras -pasaremos ahora por alto lo ya abordado en el primer capítulo, eso es que en occidente hemos llegado al absurdo de pretender obviar cualquier tipo de muerte-, en esto, por tanto, no somos diferentes a otras especies, primates superiores, elefantes, grandes herbívoros e incluso pájaros.
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No tiene por qué haber una relación directa entre el hecho de tener conciencia de la muerte, enterrar a los fallecidos y practicar algún ritual o religión propiamente dicha. Todas las especies tienen algún tipo de percepción de la propia muerte ya que eso les empuja a evitar a sus depredadores, pero son pocas las que, como humanos, chimpancés, gorilas o elefantes, muestran aflicción ante el hecho de la muerte de un congénere y realizan algún comportamiento ritualizado, siendo nosotros los únicos que hemos sofisticado esos rituales hasta integrarlos en conductas religiosas.
En definitiva, tal como ya hemos mostrado, cada especie, ante a la muerte de sus congéneres, parece comportarse en función no sólo de su complejidad cerebral sino, particularmente, de su estructura de organización social (que predetermina qué destino puede tener el cadáver) y de los estímulos ambientales y/o socioculturales que señalan como "natural" o no determinadas circunstancias de muerte (y, por ello, predeterminan gran parte de la reacción emocional que se desata ante esa eventualidad).
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3. LA VIDA HUMANA DESDE LA PERCEPCIÓN DE UN PROYECTO EVOLUTIVO LINEAL
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Todos los humanos adultos, sin importar su procedencia, cultura o creencia, son conscientes de que su existencia material transcurre entre un inicio llamado nacimiento y un final denominado muerte. Ambos puntos trazan un camino, el de la vida, que puede presentar tantos recodos y cambios de sentido como se pueda imaginar, pero que jamás permite volver atrás. Es un río cuyo fluir jamás se detiene, hasta desembocar en el océano de la muerte; su curso no es recto, ni mucho menos, pero mantiene siempre inalterable su tendencia lineal que le lleva desde el oriente hasta el ocaso. Mucho es lo que se encuentra o abandona durante el trayecto, tanto como para permitir que el caminante -o al navegante, si nos imaginamos inmersos en el río de la vida- acabe creyendo que tal conjunto de circunstancias hilvanadas forman parte de un proyecto, el suyo, que evoluciona de forma progresiva y, claro está, con tendencia positiva.
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Independientemente de cómo sea el fluir entre el alfa y omega de cada cual, lo que nos asemeja a todos los humanos es la necesidad de elaborar estructuras narrativas con perspectiva histórica, pero con una perspectiva histórica que puede arrancar desde mucho antes de nacer y alcanzar hasta mucho después de morir. Somos capaces de imaginarnos "siendo" entretanto "somos", pero también mientras todavía no "éramos" y cuando ya no "seremos".
Desde esta necesidad cognitiva básica, construir un camino lógico y coherente hasta el más allá no cuesta más que dar un paso... en línea recta, ahora sí, y sobre el vacío; parece que lo fundamental es encontrarle algún significado adecuado -eso es favorable- a la percepción, ineludible, de nuestra insignificancia. Somos finitos, pero nuestro potentísimo motor cognitivo nos lanza hasta la infinitud, aunque sólo sea con el deseo y mediante la capacidad de construir maravillosas narraciones sobre nuestras vidas, que no es poco.
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4. EL SENTIMIENTO DE PÉRDIDA Y LA NECESIDAD DE CREER EN LA EXISTENCIA DE VIDA DESPUÉS DE LA MUERTE
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Parece lógico pensar que, si los humanos, ante todo lo que juzgamos importante desde nuestra subjetividad, manifestamos un fuerte sentimiento de pérdida ante la posibilidad o realidad de perder lo que nos importa, ello no puede tener otra causa que la existencia previa de un sólido sentimiento de posesión. Algo nada extraordinario, en cualquier caso, si tenemos en cuenta que todos los animales poseen un desarrollado instinto básico de posesión a fin de poder sobrevivir, pero que, en nuestra especie, alcanza cotas de sofisticación increíbles debidas a nuestras capacidades psicológicas, tan aptas para incrementar hasta lo indecible nuestros mecanismos instintivos para la posesión -y sus consecuencias de individualismo, insolidaridad, aislamiento, agresividad, etc.-, como, en sentido contrario, para controlarlos permitiendo poseer sin caer en todos los aspectos negativos -desde la óptica emocional y psicosocial- que le van aparejados a este instinto básico.
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Pensamos que la muerte es la gran servidumbre de la vida, pero cabría meditar a fondo si esa servidumbre no es más bien consecuencia del afán por vivir la propia existencia y sus circunstancias como una posesión. Las doctrinas orientales perciben la libertad como una no posesión o desapego de cuanto somos y nos rodea. La capacidad individual para "ser" siempre queda limitada por la necesidad de "tener", por eso siempre morimos un poco cuando perdemos algo o a alguien. Por eso tememos a la muerte cuando pensamos en nuestra propia pérdida. Por eso precisamos de creencias para exorcizar el sentimiento de pérdida e imaginar seguir teniendo aquello que no fuimos, ni somos, ni seremos.
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PARTE II
ENFRENTANDO EL DESTINO: CÓMO ASUMIR LA MUERTE EN NUESTRA VIDA
5. EL PROCESO DE ENVEJECER: ASPECTOS BIOLÓGICOS Y PSICOSOCIALES
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Adentrándonos un poco en el terreno de lo psicosocial, conviene recordar que la vejez no es una enfermedad sino un proceso natural, una etapa más dentro de la experiencia humana que debe ser vivida como otro paso en el desarrollo personal y social de una persona. Así que, situados frente al horizonte de la jubilación, debe aprenderse a saber vivir, aprovechar y disfrutar esa libertad que vendrá con el cese de la actividad productiva -salvo en las amas de casa, que deben estar permanentemente productivas en su hogar-; y, tras el retiro, deberá aprenderse a envejecer, gestionando con la mayor pericia posible los recursos -emocionales, económicos y de salud- de que pueda disponerse, ya que de ellos dependerá la independencia que tendrá cada cual durante su última etapa de vida.
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Durante el proceso de envejecer se entra en una fase de revisión constante de las posibilidades de las metas y proyectos vitales en curso, que son modificadas -permitiendo o no la adaptación correspondiente- por la evolución del propio declive físico, por el alcance de los cambios sociales que acontecen, por la incertidumbre acerca del tiempo que queda todavía por vivir, etc. La vida cotidiana de una persona de edad avanzada suele caracterizarse por el sentimiento de inseguridad y la tensión que le produce la incertidumbre que se cierne sobre su futuro, así que su equilibrio emocional dependerá en gran medida de la calidad de la comunicación que mantenga con su entorno, particularmente con sus familiares y amigos.
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Hoy, en nuestra sociedad industrial urbana, envejecer suele resultar complicado y doloroso para quien lo hace, pero es que, además, parece que complica la existencia de todos los demás. Estamos a un paso de tener que pedir perdón a familiares y al mundo en general por haber envejecido y seguir vivos, ¿qué demonios nos ocurre?, ¿qué sentido tiene una sociedad que considera a los viejos como una carga molesta? No cabe duda de que hemos pervertido hasta lo inimaginable las bases del sistema social humano.
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Cuando la autoestima de una persona es baja, cae fácilmente en la trampa de situar la satisfacción y la felicidad en todo lo que es externo y ajeno a ella misma, y pasa a quedarse con lo superficial como único universo posible y deseable. Cuanto menos valor se cree poseer dentro de uno mismo, más se tenderá a pensar que sólo se es capaz de ofrecer a los demás la frescura de un caparazón vistoso -aunque se acabe convirtiendo el ombligo en hoyuelo de la barbilla a fuerza de estirar la piel facial en busca de una lozanía que ya es historia-. Sólo quien no ha sido capaz de madurar a lo largo de su vida, disfrutando de las experiencias que ofrece cada estadio vital, se verá atrapado en la absurda búsqueda de un imposible elixir de la eterna juventud.
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La vejez nos desliza hacia el cenit de toda vida, que es su ocaso. El día da paso a la noche y, tal como hacemos a diario, hay que prepararse para el cambio que impone la extinción de la luz, de nuestra luz. El horizonte de la muerte, por vejez, por enfermedad, por ambos procesos a la vez, o por causas imprevisibles, merece nuestra atención porque es nuestro futuro más cierto y, en cualquier caso, reclamará nuestro esfuerzo y dedicación en algún momento que será ineludible.
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6. CUANDO EL FINAL SE ACERCA, ¿CÓMO ENCARARLO?
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La muerte es un hecho individual, pero depende en muchos aspectos del trabajo colectivo y de los sentimientos que afloran en el entorno del enfermo. Hoy somos nosotros el familiar, el amigo, el vecino, o quizás el médico; mañana otros asumirán este rol mientras nosotros deberemos representar a quien se apaga para siempre.
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La autonomía de una persona depende de lo que ésta conoce de sí misma y de las circunstancias que le afectan, así que ocultar la verdad a un enfermo terminal implica faltarle al respeto y vulnerarle su derecho a la verdad, impidiendo de esta manera que pueda tomar las decisiones que crea convenientes, en cualquier ámbito, cuando todavía está a tiempo y, también, imposibilitando que pueda vivir la última etapa de su vida con el protagonismo que corresponde a cada uno y que sólo a cada uno corresponde. Cuando se adquiere conciencia de la propia muerte como algo más o menos inminente, y se acepta como un hecho natural, cambia la forma de relacionarse con la pareja, parientes y amigos, pudiendo entrar en un nivel de intimidad, sinceridad y cercanía emocional que quizá jamás se pudo abordar antes y que ahora será fundamental para vivir la última parte del camino con la máxima riqueza y bienestar posible.
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Toda esta lista de temores puede generar más ansiedad en un enfermo que el propio hecho de enfrentarse a su muerte -e incluso, ante ciertas condiciones psicosociales, podrían precipitar el suicidio-, por tanto, ser conscientes de ellos permitirá que médicos, familiares o amigos puedan actuar de otra manera, intentando ayudarle a que reflexione sobre ellos, procurando que las necesidades que se ven como obstáculos pasen a ser percibidas como soluciones posibles; se hace imprescindible dialogar, cada uno desde su propio nivel, porque lanzando las palabras a la luz se logra exorcizar los fantasmas que cada cual imagina que le acechan desde las sombras. Exteriorizar los sentimientos y liberar la ansiedad permite adaptarse mejor a la situación que a uno le ha tocado asumir.
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La amplia gama de reacciones emocionales que son comunes en enfermos, familiares y equipo médico -repulsa, cólera, miedo, ansiedad, culpabilidad...-, siempre deben ser expresadas y manifestadas abiertamente en el seno de la relación que une a todas las partes implicadas en un proceso terminal. Esa relación, obviamente, será tanto más positiva para el conjunto en la medida en que se sea capaz de comprender y asimilar esas reacciones emocionales como parte de un proceso adaptativo que nunca es igual para nadie.
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7. EL ENFERMO TERMINAL Y EL DERECHO A UNA MUERTE DIGNA
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Sólo uno mismo puede y debe decidir en qué punto y bajo qué condiciones el seguir vivo ha dejado de ser un derecho para convertirse en obligación. Si la dignidad es una cualidad inherente a la vida, con más razón debe serlo en el entorno de la muerte, que será la última vivencia y recuerdo que le arrancaremos a este mundo al apagar nuestro postrer suspiro... y también la última imagen de uno mismo que dejaremos en herencia a parientes y amigos. ¿Hace falta sufrir y hacer sufrir a quienes nos aman para pasar por este trance? ¿Les sirve de algo, al enfermo o a su entorno familiar, una agonía larga o una progresiva pérdida de facultades que desemboca en lo meramente vegetativo? En muchas culturas y en no pocas personas, incluso dentro de nuestra propia sociedad, el acto de morir rebosa dignidad, amor y hasta belleza, pero, en general, en la sociedad industrial, para tratar de hurtarle al destino un tiempo que tampoco podemos vivir -la enfermedad nos lo impide-, somos capaces de privarnos a nosotros de dignidad y cargar a los demás con el peso del dolor que causa contemplar tal degradación.
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En España, la primera regulación legal del derecho a suscribir un "testamento vital" fue aprobada el 29 de diciembre de 2000 por el Parlamento de Cataluña . Posteriormente, otros gobiernos autonómicos, como el de Extremadura y Galicia , imitaron esta propuesta legislativa y aprobaron leyes similares. En suma, el "testamento vital" y la legislación de voluntades anticipadas aprobadas por los parlamentos catalán, extremeño y gallego, u otros textos legales que están en proceso de debate parlamentario, no son más que el desarrollo autonómico de lo aprobado en el año 1986 por la Ley General de Sanidad , promovida por el malogrado Ernest Lluch cuando fue ministro de Sanidad .
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La eutanasia voluntaria es un derecho humano que debe contemplarse dentro del marco de la libertad individual, máxime cuando nos referimos a sociedades plurales y secularizadas. La vida de un individuo no es de propiedad social sino personal, así que sólo a cada uno -en uso de su plena capacidad psicológica y jurídica- compete decidir qué hacer con ella. Resulta obvio que la vida es un derecho, pero jamás puede ni debe ser considerada como un deber. Nadie puede ser obligado a vivir en contra de su voluntad ni, tampoco, a tener que agonizar o vegetar, víctima de alguna enfermedad terminal, violentando la conciencia y el deseo en contra expresado por el propio enfermo. La vida no puede ser de ningún modo un valor absoluto ya que, como humanos que somos, tenemos derecho a decidir sobre la propia existencia en función de la calidad de vida que le va asociada, en función de la dignidad con la que nos deja seguir expresando nuestro acto de vivir, por ello, dado que la dignidad es un valor reconocido moral y jurídicamente -pero que sólo se concreta en el ámbito individual-, cuando la vida, su calidad, se degrada hasta arrebatarnos aquello que consideramos "nuestra dignidad", debe contemplarse automáticamente el derecho a romper por propia decisión con la obligación de seguir vivo.
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Si hay que escoger, caben pocas dudas al respecto, pero la hipocresía social nos condena a tener que sufrir, algo o mucho, siempre; parece que morir rápido y sin dolor todavía es una especie de pecado muy grave, de traición a esperpénticos principios religiosos empeñados en hacer del sufrimiento una vía de redención obligada. Afortunadamente para los enfermos en situación real de muerte que solicitan la eutanasia activa -alrededor de un 3 por ciento de todos los terminales-, no faltan médicos que, arriesgando pena de cárcel, la practican ocultamente en beneficio del enfermo, que es el único que debería tener voz y voto en esta decisión absolutamente íntima y personal. A este respecto, algunas investigaciones han aflorado un dato muy interesante: el 15 por ciento de los médicos reconoce haber practicado la eutanasia activa.
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En una sociedad cada vez más deshumanizada, quizá ya es hora de hacer algo para tratar de humanizar al máximo todo lo referente a la salud, de buscar alternativas personales, aunque adecuadas, a la atención altamente tecnológica, aunque fría y distante, de los hospitales; quizás ha llegado ya el momento en que las familias deben plantearse recuperar de nuevo un aprendizaje que fue patrimonio nuestro durante milenios, y retomar la seguridad y orgullo con que las familias de antaño acogían y cuidaban a sus enfermos terminales hasta el fin. Si sabemos -siempre se puede aprender- escuchar, tranquilizar y confortar, transmitir serenidad y esperanza, y adoptar las medidas precisas para controlar la sintomatología de un determinado proceso terminal, lograremos que tanto el enfermo como sus familiares y amigos vivan -¿sería excesivo emplear el término "disfruten"? - una buena muerte.
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8. CÓMO AFRONTAR LA MUERTE DE LOS DEMÁS
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Al menos dos vías, por tanto, parecen abrirse ante la muerte de los demás. Una, la de la acción, nos convida a prestar apoyo y ofrecer lo mejor de nosotros, los sentimientos, a quien ya no puede acumular nada y a quienes están a punto de perder mucho. La otra, la de la reflexión, podría ser vista como un generoso pago a nuestra relación afectiva con el moribundo, como una fundamental inversión de futuro, como un aprendizaje vicario que nos lleva de la mano a aprender a morir, de la misma forma que otros aprendizajes vicarios nos enseñaron tiempo antes a vivir. Cualquiera que sea la cultura humana, vivir y morir son actitudes que sólo pueden aprenderse a partir de la experiencia ajena.
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Estamos solos ante la muerte, pero necesitamos desesperadamente poder llegar bien acompañados hasta ella. Sólo un viajero se apeará al fin del trayecto, pero quienes han sabido recorrer con él su último tramo, habrán aprendido más del hecho de morir que todos los expertos del mundo juntos.
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Compartir tiempo y espacio con un moribundo, especialmente si es una persona querida, es un privilegio que debe degustarse con naturalidad, estando tranquilo y relajado. Es la última oportunidad de compartir vida, vivencias y emociones con esa persona, vale la pena aprovecharla, pero sin agobios para nadie. No se puede hacer, compensar o precipitar aquello que no se hizo con esa persona durante todo el tiempo de vida anterior.
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En cualquier caso, situarse cara a cara con un moribundo, acompañarle en su último trayecto, es siempre un trago difícil. Debe tenerse bien presente que para soportar la muerte de otro debemos enfrentarnos y luchar con nuestros sentimientos, con nuestros miedos, con nuestra frustración, con la percepción que tengamos de la muerte... y cuanto más controlemos esa batalla interna y personal, mejor será la ayuda que prestaremos al moribundo y más enriquecerá esa misma experiencia a ambos. Meditar sobre la muerte del otro es el mejor camino para hacerlo sobre la propia, aceptar la del otro ayuda a aceptar la propia. Y viceversa.
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La dinámica del duelo, tal como señalamos, puede variar entre unas personas y otras, oscilando entre el duelo normal, no complicado, y el patológico o complicado. El duelo normal no complicado presenta una duración variable que depende de una diversidad de factores de índole psicosocial. El duelo patológico o complicado, por el contrario, no permite asumir la pérdida ni adaptarse al cambio sufrido y su sintomatología es más intensa y dura mucho más tiempo.
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Detrás del proceso de duelo no sólo hay el esfuerzo por asumir una pérdida irreparable sino que, con igual intensidad, se intenta reconstruir el propio mundo interno -del que se ha fracturado toda una parte del universo emocional y cognitivo que lo fortalecía y animaba- y el externo, reorganizando las relaciones sociales, asumiendo roles diferentes a los que se tuvo con anterioridad, etc. El duelo siempre acaba enriqueciendo mucho el proceso de maduración de la persona que lo supera bien, pero el coste emocional nunca es pequeño.
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9. CÓMO AFRONTAR Y SUPERAR LA MUERTE DE UN HIJO/A
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Todas las alteraciones y síntomas psicológicos, físicos y sociales descritos al tratar el duelo están presentes también tras la muerte de un hijo, sólo que tardarán más en desaparecer y completar el ciclo que lleva a asumir la pérdida. Mientras el proceso normal de duelo por un adulto dura entre uno y dos años, el duelo por un hijo suele superar siempre este período, siendo más o menos largo en función de la personalidad del doliente y de las diferentes circunstancias que han rodeado la muerte. En general, a partir del segundo año -si el proceso se ha realizado adecuadamente- las emociones están encauzadas y más o menos controladas, aunque los sentimientos ambivalentes, los altibajos y las crisis siguen apareciendo con regularidad, forzando en muchos casos una vida a medio gas. Si la dificultad supera las propias fuerzas, la ayuda psicoterapéutica será imprescindible .
Aunque la muerte de un hijo nunca desaparece de la memoria, finalmente se le puede recordar y sentir sin sufrir, quizás hasta sintiéndose reconfortado/a con su presencia en una lejanía convertida en cálida proximidad emocional. Superar adecuadamente la muerte de un hijo puede dejar en herencia una madurez y crecimiento personal que transforman profundamente a la persona, incrementando su calidad humana y aportándole una nueva escala de valores que facilitará y fortalecerá la nueva etapa vital de un padre y / o madre renacidos.
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10. LA MUERTE Y LOS NIÑOS
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La muerte es un hecho exactamente tan común como el nacimiento, surge en nuestro entorno y provoca cambios que nos afectan, sea cual fuere nuestra edad y condición. Morir no es una metáfora, es una realidad que transforma todas las realidades con las que está conectada la persona que desaparece. La muerte de otros nos afecta y la nuestra les afecta a ellos, por eso, tal como ya vimos en los capítulos 6, 8 y 9 y ampliaremos aquí, jamás debe excluirse a los menores de la experiencia de la pérdida y tampoco debe edulcorarse la muerte con eufemismos absurdos. Aunque cada edad pueda tener una diferente y parcial visión de lo que implica el hecho de morir, también es verdad que desde muy pequeño se tiene ya capacidad suficiente para comprenderla y asumirla mediante el proceso de duelo.
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Desde todo punto de vista es conveniente que los niños crezcan viendo la muerte como un fenómeno natural propio de los seres vivos, por ello debe hablarse de ella con absoluta normalidad, sin dramatizarla, aprovechando las ocasiones que se presten a ello para reflexionar sobre cada pérdida y lo que significa. En el entorno a cada familia, mueren animales de compañía, plantas y, por supuesto, personas más o menos allegadas; también la televisión presenta la muerte a todas horas, aunque rodeada de una gran distorsión. Aprovechar alguna de estas circunstancias para preguntar por la opinión que tiene el niño al respecto, para conocer sus ideas y sentimientos acerca de la muerte, para compartir los nuestros de una manera llana y sencilla -recurriendo si hace falta a ejemplos de la naturaleza, imágenes o cuentos-, será una excelente forma de posicionar el concepto de la muerte en el lugar que le corresponde, pero sin traumas.
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Cualquiera que sea la posición que ocupe en una familia un enfermo terminal -y/o un fallecido-, los niños deben vivir el proceso de la enfermedad -y también el duelo posterior- con naturalidad y sin verse privados de ninguna manifestación emocional o de cualquier otro tipo que antes fuese habitual (o, en su caso, explicándole por qué no se pueden o deben realizar determinadas actividades a partir de cierto momento de evolución de la enfermedad, o mientras se está de duelo).
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Los niños son perfectamente conscientes de la gravedad de su enfermedad, de su cercanía de la muerte, pero sus dudas y temores -siempre presentes en los dibujos o escritos que realizan o en medio de un lenguaje que de tan simple puede resultar difícil de entender por los adultos- sólo afloran cuando los mayores les dan pie para ello, ya sea sacando a colación directamente el tema en una conversación, o indirectamente, mediante dibujos, dejando que expresen sus temores e ideas sobre su propia muerte mediante lápices de colores. En cualquier caso, hay que estar siempre muy receptivo y desterrar la falsa idea de que los niños no son conscientes de lo que les está sucediendo. Saben que se están muriendo y aunque, según su edad, no puedan calibrar del todo el significado de morirse, les angustia la certeza de que van a tener que separarse de sus padres.
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Los niños en situación terminal, como cualquier niño -o adulto- que se percibe con un problema grave, precisan sentirse protegidos, algo que no se logra con promesas falsas o exageradas, ni con un flujo de regalos o de personas distantes que no sintonizan con su estado; la percepción de protección sólo la da el sentir que a su lado permanece alguien al que se ama y en quien se confía. Es importante mantener siempre abierta la puerta de la esperanza, pero ésta debe ser realista, no mágica. Si la familia tiene creencias religiosas o trascendentales, compartirlas de modo racional y sin presiones ni dogmatismo puede aportarles una vía de apoyo que no cabe desdeñar, pero a condición de que el niño pueda marcar su propio tempo de reflexión, una capacidad que suelen tener en más abundancia y mayor agudeza de lo que los adultos suponen.
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11. EL SUICIDIO, UNA OPCIÓN EXTREMA CARGADA CON UN MENSAJE DIFÍCIL DE ASUMIR
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En una cultura horrorizada por la muerte y adicta hasta la exasperación de la vida a cualquier precio, resulta incomprensible, absurdo, imposible, que alguien diga "hasta aquí deseo llegar" y acto seguido se quite la vida con plena libertad y responsabilidad. No importa lo que uno esté sufriendo en su fuero interno, porque nuestra sociedad le cree obligado a vivir, a mantener las formas, a morirse "cuando le toque" y no cuando lo crea oportuno. Nadie quiere entender el suicidio de una persona cercana como lo que fue, un acto deliberado de autodestrucción, así que lo más fácil es buscar un chivo expiatorio para convertir al suicida en "víctima" de algo o de alguien, una etiqueta que puede colgarse mejor en cualquier mala conciencia.
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El suicida, con su propio acto, deja a quienes le sobreviven un mensaje francamente difícil de asumir, ya que en muchos casos se culpa, sentencia y condena a otros sin ofrecerles la menor oportunidad para defender sus posturas y conductas, pero no debe olvidarse jamás que darse muerte fue la opción que esa persona eligió para sí mismo, nadie se la impuso, ni siquiera se la recomendó. Si se comprende esta realidad y se asume y respeta -aunque no se comparta en absoluto- la decisión que tomó el suicida en ejercicio de su autonomía, el proceso de duelo será normal y nadie deberá sufrir más de la cuenta.
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12. CÓMO PREPARARSE PARA AFRONTAR LA MUERTE PROPIA
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De hecho, aunque una diversidad de estudios muestra que la vivencia de lo religioso de buena parte de los creyentes es más infantil -irreflexiva, emocional, superficial, etc.- que adulta y madura, no debería haber problema alguno para que fe y madurez personal contribuyan complementariamente a enfrentarse a la realidad de la muerte, cualquiera que sea su sujeto. Nada hay mejor o peor ante la muerte si sirve para poder integrarla en la vida. Desde el punto de vista de las estrategias psicológicas de afrontamiento de la muerte, tan razonable es la postura de quienes la sitúan dentro del campo de lo trascendente como quienes la limitan a un hecho biológico (certeza que comparte este autor mientras nadie le demuestre fehacientemente lo contrario). La muerte jamás puede ser un sinsentido, aunque, lógicamente, el sentido que le puede dar un creyente y un agnóstico no sea el mismo. En realidad, a los efectos de afrontamiento de la muerte, lo importante no es el sentido que se le dé a ésta sino, precisamente, el que se le dé alguno, y que éste se integre en la conciencia que tiene esa persona del universo del que forma parte.
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Morirse es siempre algo nuevo y absolutamente desconocido para cada uno, por ello, máxime siendo un paso de tanta trascendencia, es lógico que angustie. ¿Nos dejaríamos caer sin más por un hipotético pozo sin fin aunque una cuerda infinitamente larga nos asegurase el no lastimarnos en caso de llegar hasta un fondo tan lejano como inimaginable? Parece factible pensar que la mayoría de los humanos intentásemos eludir esa dudosa experiencia o, al menos, retrasarla el máximo tiempo posible. Son demasiadas las dudas y temores que despertaría en nuestra mente esa caída infinita, por mucho que la cuerda garantizase no romperse la crisma jamás y el regresar a la superficie una infinitud después de la infinitud del descenso. Algo parecido nos ocurre ante la muerte, incluso a la inmensa mayoría de quienes la afrontan atados a la cuerda de alguna creencia que garantiza la vida post mortem.
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La muerte es algo que puede y debe comprenderse -tiene una función clara y concreta- y aceptarse, pero esto sólo resulta posible emprenderlo y lograrlo en cada uno de nosotros, en su fuero interno y mediante los propios medios. Pero si no se acepta previamente la normalidad e incluso necesidad del hecho de la muerte, sin importar la fórmula o convicción adoptada para ello, no podrá actuarse en ninguna dirección razonable que permita poder afrontarla con serenidad y madurez.
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Cuanto más consciente se llegue a ser durante la vida de aquello que falla en uno mismo y más se afronte para intentar mejorarlo, cuanto más coherente sea la expresión de cada vida, cuanto más se acepte todo lo realizado -con sus aciertos y errores- a lo largo de la vida, cuanto más plena haya sido la existencia -aunque se haya vivido en la pobreza, pues la plenitud no tiene nada que ver con los medios disponibles-, cuantas menos deudas emocionales se haya adquirido o queden pendientes de cancelar..., mejores serán las condiciones disponibles para poder enfrentarse a ese inicio de Juicio Final en el que cada uno, dentro de su propia conciencia, se convierte en reo y juez al mismo tiempo.
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Vivir es navegar en medio de una variable corriente nutricia, por tanto, será bueno dejarse fluir en actitud abierta y de eterno aprendizaje, tomando los errores y fracasos por maestros, reformulando en positivo aquello que hace sufrir, encontrando algún punto de alegría dentro de la contrariedad. En chino, la palabra "crisis" se compone de los ideogramas "peligro" y "oportunidad", dos situaciones que pueden llevar por caminos opuestos a quienes gestionen peor o mejor la fuente que las desencadena. Sin duda tendrá una vida más plena -y una mejor actitud ante la muerte- quien, durante las miles de crisis que conforman una existencia, haya aprendido a transformar en oportunidades lo que, efectivamente, pudieron ser peligros.
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Todo cuanto podamos cambiar en una vida, para mejorarla mientras dure y para suavizar el choque inevitable que deberá asumir ante su extinción, no sólo será un privilegio, sino un deber para consigo y los demás. Tal necesidad, además, resulta tanto más apremiante si le damos crédito al moralista francés Jean La Bruyère (1645-1696) cuando afirmó que: "Los más de los hombres emplean la primera parte de su vida en hacer la otra parte miserable".
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13. ENFRENTÁNDOSE A LOS CHANTAJES EMOCIONALES DE LAS FUNERARIAS
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En todas las legislaciones de países modernos se contempla la contratación de un servicio funerario como un acto de compra o consumo similar a cualquier otro y, por tanto, sujeto a los mismos derechos y deberes generales que regulan la compra o consumo de productos o servicios. Así, por ejemplo, es obligación de las empresas funerarias ofrecer a sus clientes, ya sea por teléfono o por escrito, un listado o catálogo que contenga los precios generales de los productos y servicios ofertados desglosados por conceptos, así como también debe mediar en la transacción un contrato escrito donde se especifique con claridad qué se paga y en concepto de qué, además de explicitar los derechos de cancelación y reembolso que, en su caso, puedan ejercerse.
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Las principales armas con que cuenta un vendedor de servicios funerarios deshonesto, para manipular a su cliente y hacerle gastar el máximo dinero posible, son: incidir en el sentimiento de culpabilidad del deudo -que puede incrementarse a través de múltiples vías, como apelar a una supuesta falta de amor por el fallecido si no se le hace un entierro "como corresponde", insistir en que es la última oportunidad para poder "hacer algo" por el fallecido, incidir en el rol del cliente ("es que usted es su padre..."), etc.-; enfrentarle con el qué dirán, anunciándole una pésima imagen entre sus conocidos si racanea servicios y buenos productos para la ceremonia mortuoria -"a sus amigos y vecinos les será muy difícil entender que haga tan poco para decir adiós a su [pariente fallecido]", "una familia de su posición no puede permitirse menos..." , etc.-; halagando al cliente -"usted sabe perfectamente que su [pariente fallecido] y su familia confían plenamente en que sabrá decidir lo mejor para todos", "se nota que nadie quería a esa persona como usted", etc.-; o apelando a la credulidad y angustia frente a la muerte sugiriéndole que hacer el máximo esfuerzo posible para las honras fúnebres ayudará al familiar en el más allá.
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PARTE III
EXPERIENCIAS CERCANAS A LA MUERTE
14. EXPERIENCIAS CERCANAS A LA MUERTE: SENTIMIENTOS REALES CON EXPLICACIONES EQUIVOCADAS
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Las llamadas ECM, Experiencias Cercanas a la Muerte, suponen un conjunto de vivencias emocionales muy intensas, con aspectos trascendentales, que le han ocurrido y ocurren a un número notable de personas durante episodios en los que, ya sea por estar sufriendo un fallo orgánico grave -parada cardíaca, colapso de algún otro órgano vital, etc. - e incluso ser declarado clínicamente muerto (y recuperarse posteriormente), o por encontrarse en la agonía que precede al deceso, o por estar sufriendo un accidente con pésimo pronóstico -caerse desde lo alto de una montaña o edificio, ser arrollado por un vehículo, recibir un disparo, etc. -, llegan a estar plenamente convencidas de encontrarse en trance de morir.
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También se clasificaron los efectos psicosociales que puede sobrellevar una ECM a quien la experimenta. Entre los efectos positivos se relaciona: un incremento del interés por los demás y de la espiritualidad, aprecio por la vida, disminución del miedo a la muerte, del materialismo y de la competitividad. Comparando las actitudes anteriores y posteriores de quienes han pasado por una ECM, Noyes constató que tras la experiencia se producía una disminución del miedo a la muerte, un sentimiento de invulnerabilidad relativa, un sentimiento de especial importancia o destino respecto a uno mismo, y un fortalecimiento de la creencia en la existencia postmórtem . Otro investigador, Kenneth Ring, detectó que quienes habían pasado por una ECM sentían un gran aprecio por la vida, un renovado sentido de propósito de la existencia, una mayor confianza y flexibilidad a la hora de enfrentarse a las vicisitudes de la vida, una mayor compasión por los demás, un elevado sentido de propósito espiritual, una importante reducción del miedo a la muerte, y otorgaban un mayor valor al amor y al servicio y menos al estatus personal y a las posesiones materiales . El ya citado Greyson, por su parte, encontró que tras pasar por una ECM se da menos importancia al estatus social y profesional, así como al éxito material y a la fama, y se piensa en la muerte como un hecho menos amenazante .
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Para intentar explicar las diferencias citadas, así como la misma base funcional de las ECM, deberá acudirse al campo de la fisiología y de la bioquímica, desde los que se han formulado diversos modelos teóricos explicativos que, debido a que ninguno de ellos explica por sí solo la totalidad de la experiencia -y no hay la menor razón lógica ni científica para que un solo modelo explique todo cuanto sucede dentro de un fenómeno complejo-, finalmente han dado lugar a modelos neurobiológicos multifacéticos.
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A pesar de los maravillosos discursos de quienes hacen apostolado de las ECM como pruebas irrefutables de supervivencia a la muerte, lo cierto es que no hay apenas diferencias entra las ECM de las personas que han estado realmente "casi muertas" y las experimentadas por personas absolutamente sanas -tal como fue mi caso- que simplemente creyeron que iban a morir. Una ECM se desencadena a partir de percibirse a sí mismo en situación de muerte -mediante la elaboración de una información, ya sea fisiológica (paro cardíaco, por ejemplo) o procedente de una mera racionalización (presunción de estar en vías de morir)- y el mecanismo que activa todos los vistosos componentes que la conforman anida en una serie de reacciones fisiológicas, comunes en otras circunstancias y por otras causas, que actúan al unísono dentro de una situación de emergencia orgánica que, en lo que a nuestro "yo" atañe, se vivencia como un intento de afrontar el estrés que provoca el sentirse morir.
Pienso que sería óptimo que todo el mundo pudiese pasar alguna vez por una ECM, ya que la experiencia puede producir cambios muy positivos en quien la vivencia, pero, por extraordinarios que parezcan sus efectos, no hay nada en una ECM que exceda lo humano, que sobrepase lo fisiológico, ni que rebase el momento de la extinción. Las ECM nos cuentan mucho sobre la vida, sobre la manera de percibirla y construirla, sobre la forma de reaccionar que tiene nuestra fisiología ante un estrés extremo, pero eso es todo, que no es poco, claro está.
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PARTE IV
EL PULSO ENTRE LA CIENCIA Y LA MUERTE: ¿EL FIN DEL FIN?
16. MANIPULACIÓN GENÉTICA: ¿LA TERAPIA DEFINITIVA?
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Al igual que el siglo XX fue denominado el siglo de la física, por sus espectaculares avances en este campo, el siglo actual, que hereda la brillante trayectoria científica de la biología molecular durante las últimas décadas del pasado, ya ha sido bautizado como el siglo de la biología, un campo que está posibilitando, y garantizará en un inminente futuro, el control más radical, global y serio que el ser humano haya llegado a concebir con el fin de poder dirigir las características y el destino de su propia vida y el de las demás especies con las que compartimos el planeta.
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Conocer la secuencia de los genes facilitará reconocer las secuencias erróneas, eso es responsables de una determinada patología, y permitirá incidir en ellas cambiándolas; se podrá acceder al núcleo de una célula, localizar en el gen correspondiente la sección y secuencia que ha mutado -que ha cometido un error al escribir un fragmento de código con las letras ACGT- y, mediante células reparadoras, se devolverá al gen la normalidad perdida, restaurando la salud en todo el organismo antes afectado por el problema derivado de tal mutación. Hoy, este trabajo, sustituir genes defectuosos por otros sanos, ya es la base del negocio de nuevas empresas como Kimeragen (Pensilvania).
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17. HACIA UN NUEVO UNIVERSO MÉDICO: GENÓMICA, BIOCHIPS DE ADN, TERAPIA GÉNICA, CLONACIÓN, PHARMING, XENOTRASPLANTE...
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La genómica se ha marcado como áreas de interés prioritario en la investigación las enfermedades oncológicas, cardiovasculares, metabólicas, inmunológicas, infecciosas, pulmonares y neurodegenerativas, así como también todo lo referente al control del dolor. Resulta evidente que estos objetivos apuntan básicamente a enfermedades de alta incidencia en las sociedades industriales modernas y que generan a sus gobiernos costes astronómicos en concepto de gastos sanitarios públicos, pensiones y pérdidas productivas por absentismo laboral. Muchísimo menos interés le pone la genómica al estudio del código genético de los agentes infecciosos -virus, bacterias y parásitos-, puesto que son más endémicos del Tercer Mundo y en occidente ya nos apañamos con los antibióticos, uno de los grandes negocios de la industria farmacéutica. Las dolencias propias del proceso de envejecimiento tampoco preocupan demasiado a la genómica dado que la vejez no es un período socialmente productivo. Quien piense que la genómica no servirá a los intereses económicos del liberalismo capitalista se equivoca totalmente; es más, jamás un enfoque terapéutico le ha sido de más utilidad al capitalismo puro y duro que éste; ya iremos viendo los motivos a lo largo del capítulo.
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Un nuevo universo terapéutico para los humanos se abre paso a partir del desarrollo de las biotecnologías basadas en la manipulación del código genético. Quizás podremos vivir algunos años más, y tal vez los viviremos con mejor salud y en mejores condiciones físicas, pero por muchos genes que nos cambien, eso que llamamos felicidad, esa percepción subjetiva de sentirse bien con uno mismo y los demás, seguirá dependiendo de cada uno, de su modo de percibirse y asumirse a sí mismo y a su entorno y del tipo de interrelaciones que establezca con su propia realidad. Vivir más no es sinónimo de ser más feliz -aunque nos guste acariciar esta ilusión-, pero sí podría ser causa para prolongar la infelicidad.
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El bienestar social que hoy goza la Europa rica ya pasó a la historia, será irrepetible. ¿Cómo vivirá la Europa gerontológica de la próxima década? ¿Cómo afrontará el continente latinoamericano el tremendo incremento de población que se le avecina? ¿Y China? ¿Qué sucederá con el incremento de millones de pobres en África y Asia? ¿Dónde diablos están los recursos que podrán financiar nuestra vida ociosa durante décadas?
En cualquier caso, si los beneficios posibles derivados de la genómica llegasen a universalizarse -cosa que no ocurrirá en el Tercer Mundo, pero tampoco en el primero-, quizás muchos -¿millones, tal vez?- acaben odiando su buena salud. Vivir, como morir, es un ejercicio que debe practicarse con la máxima dignidad y en las mejores condiciones globales posibles. Cuando estemos capacitados para hacernos un lifting genético como quien se toma una aspirina, el test que nos dará la medida del valor de nuestra existencia será muy simple: ¿estoy viviendo o sobreviviendo? Ponga una cruz en la casilla correspondiente.
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Jugar con la vida es hacerlo también con la muerte. Andar por la cuerda floja es un ejercicio circense emocionante, pero peligroso. ¿Somos conscientes de los riesgos que tendremos que asumir cuando la genómica tome las riendas de nuestra vida?
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