domingo, 25 de enero de 2009

CUENTOS

Jack y la muerte

Cuenta una leyenda inglesa que estando la madre de Jack debatiéndose entre la vida y la muerte, su hijo bajó a la playa cercana a aliviar su tristeza. De repente, una silueta alta y delgada, se acercó a él, vestida con una capa negra y el rostro tapado, y le preguntó por la Granja Beanstalk, que era donde él vivía. “¿Quién quiere saberlo?”, preguntó Jack. “La muerte”, respondió la dama. Jack le pidió que lo demostrara metiéndose en una pequeña botella. La muerte se encogió hasta meterse allí dentro. Jack había atrapado a la muerte y volvió a casa feliz, donde encontró a su madre totalmente recuperada y con mucha hambre. Cuando Jack empezó a buscar comida se encontró con que los animales no se morían y las verduras no podían salir del huerto. Los días pasaban y nada moría, todos tenían cada vez más hambre. Y, además, cada vez había más de todo, más moscas, más pulgas. “Todo esto es muy raro”, dijo la madre, “¿Qué has hecho?”, Jack le contó lo sucedido. “Vas a tener que sacar la muerte de la botella”, siguió la madre. Cuando así lo hizo. La muerte le dijo: “Quizás ahora entiendas que no soy enemiga de la vida, pues sin mí, no existiría. Somos dos caras de la misma moneda, no podemos existir la una sin la otra” Y se despidió. Jack volvió a la playa a mirar las olas ir y venir, al regresar a casa, encontró a su madre sentada en su mecedora favorita, con cara de serenidad, muerta.

(Recopilado por Tim Bowley)



El criado y el rico mercader

Érase una vez, en la ciudad de Bagdad, un criado que servía a un rico mercader. Un día, muy de mañana, el criado se dirigió al mercado para hacer la compra. Pero esa mañana no fue como todas las demás, porque esa mañana vió allí a la Muerte y porque la Muerte le hizo un gesto. Aterrado, el criado volvió a la casa del mercader.

- Amo - le dijo-, déjame el caballo más veloz de la casa. Esta noche quiero estar muy lejos de Bagdad. Esta noche quiero estar en la remota ciudad de Ispahán.

- Pero ¿por qué quieres huir?

- Porque he visto a la Muerte en el mercado y me ha hecho un gesto
de amenaza.

El mercader se compadeció de él y le dejó el caballo, y el criado partió con la esperanza de estar por la noche en Ispahán. Por la tarde, el propio mercader fue al mercado, y como le había sucedido antes al criado, también él vió a la Muerte.

- Muerte - le dijo acercándose a ella - .¿Por qué le has hecho un
gesto de amenaza a mi criado?

Y la Muerte respondió.

- ¿Un gesto de amenaza? No, no ha sido un gesto de amenaza, sino de
asombro. Me ha sorprendido verlo aquí, tan lejos de Ispahán, porque
esta noche debo llevarme en Ispahán a tu criado.

Bernardo Atxaga: “Obabakoak”




Un hombre, su caballo y su perro iban por una carretera. Cuando
pasaban cerca de un árbol enorme, cayó un rayo y los tres murieron
fulminados. Pero el hombre no se dio cuenta de que ya había abandonado este mundo, prosiguió su camino con sus dos animales, (a veces los muertos tardan un cierto tiempo antes de ser conscientes de su nueva condición). La carretera era muy larga y colina arriba. El sol era muy intenso, y ellos estaban sudados y sedientos. En una curva del camino vieron un magnífico portal de mármol, que conducía a una plaza pavimentada con adoquines de oro. El caminante se dirigió al hombre que custodiaba la entrada y entabló con él, el siguiente diálogo:

-Buenos días.

* Buenos días - Respondió el guardián.

* ¿Cómo se llama este lugar tan bonito?

* Esto es el Cielo.

* ¡Qué bien que hayamos llegado al Cielo, porque estamos sedientos!

* Usted puede entrar y beber tanta agua como quiera. Y el guardián señaló la fuente.

* Pero mi caballo y mi perro también tienen sed...

* Lo siento mucho - Dijo el guardián- pero aquí no se permite la
entrada a los animales.

El hombre se levantó con gran disgusto, puesto que tenía muchísima
sed; pero no pensaba beber solo. Dió las gracias al guardián y siguió adelante. Después de caminar un buen rato cuesta arriba, ya exhaustos los tres, llegaron a otro sitio, cuya entrada estaba marcada por una puerta vieja que daba a un camino de tierra rodeado de árboles. A la sombra de uno de los árboles había un hombre echado, con la cabeza cubierta por un sombrero. Posiblemente dormía

* Buenos días - dijo el caminante.

El hombre respondió con un gesto de la cabeza.

* Tenemos mucha sed, mi caballo, mi perro y yo.

* Hay una fuente entre aquellas rocas - dijo el hombre, indicando
el lugar.

* Podéis beber toda el agua como queráis. El hombre, el caballo y
el perro fueron a la fuente y calmaron su sed. El caminante volvió atrás para darlas gracias al hombre.

* Podéis volver siempre que queráis - Le respondió éste.

* A propósito ¿Cómo se llama este lugar?- preguntó el hombre.

* CIELO.

* ¿El Cielo? ¿Sí? Pero si el guardián del portal de mármol me ha
dicho que aquello era el Cielo!

* Aquello no era el Cielo, era el Infierno - contestó el guardián.

El caminante quedó perplejo. -¡Deberíais prohibir que utilicen vuestro
nombre! ¡Esta información falsa debe provocar grandes confusiones!
advirtió el hombre.

* ¡De ninguna manera! -increpó el hombre - En realidad, nos hacen
un gran favor, porque allí se quedan todos los que son capaces de abandonar a sus mejores amigos...

(Paulo Coelho)




Las dos joyas

Cuenta una antigua leyenda árabe que un rabino, religioso y dedicado vivía feliz con su familia, esposa admirable e hijos encantadores. Un día, por imperativos de su religión, el rabino emprendió un largo viaje ausentándose varios meses. Durante este tiempo, un grave accidente causó la muerte de sus dos hijos amados. La madre sintió que se le destrozaba el corazón de dolor pero al ser una mujer fuerte, sustentada por la fe y por la confianza en dios, soportó el choque, pero una preocupación le venía a la mente: cómo darle al esposo la triste noticia, sabiéndolo portador de una insuficiencia cardiaca.

Algunos días después, en un final de tarde el rabino retornó al hogar, abrazó largamente a la esposa y preguntó por sus hijos. Ella le dijo que no se preocupase, que tomara un baño y luego ella le hablaría de los chicos. Algunos minutos después estaban los dos en la mesa. Ella le preguntó por el viaje y luego él preguntó nuevamente por sus hijos. La esposa en actitud un tanto embarazosa, contestó al marido:

-Deja a los hijos. Primero quiero que me ayudes a resolver un problema que considero grave.

El marido un poco preocupado preguntó:

-¿Qué ha pasado? ¡Te encuentro abatida! ¡Cuéntame! Lo resolveremos juntos.

-Mientras estuviste fuera, un amigo nuestro nos visitó y me dejó dos joyas de un valor incalculable para que las guardase. Son joyas muy preciosas. Jamás ví algo tan bello. El problema es ése. Él va a venir a buscarlas y yo no estoy dispuesta a devolverlas.
-Bueno, mujer. No estoy entendiendo tu comportamiento. Nunca cultivaste vanidades. ¿Por qué eso ahora?
-Es que nunca había visto joyas así. ¡Son tan maravillosas!
-Seguro que lo son, pero ¡no te pertenecen! Tendrás que devolverlas
-Pero no consigo aceptar la idea de perderlas

Y el rabino contestó con firmeza:

-Nadie pierde lo que no posee. Vamos a devolverlas, yo te ayudaré, lo haremos hoy mismo.

A lo que la mujer respondió:

-Bien querido mío, hágase tu voluntad, el tesoro será devuelto. Aunque en verdad, eso ya fue hecho: las joyas eran nuestros hijos.

El rabino comprendió el mensaje. Abrazó a su esposa y juntos derramaron muchas lágrimas.

Del libro “Quen ten medo a morte”


Fuente escrita: Fernando Eyck Da Cruz, por e-mail



Tengo caricias
Las indicaciones en cursiva son para ser contado


Estaba yo sentada en el río pescando cuando de repente oí un sonido muy extraño (Y haces el sonido extraño, como de gaviota enfadada), me puse mi oído de entender idiomas y escuché a aquella águila que decía:

- ¡¡Tengo caricias!! ¿Quién quiere caricias?

(lo repites entusiasmada un par de veces).

Andaba por allí una vaca que también lo había escuchado y se paseaba por debajo del águila como diciéndole "yo quiero caricias", así que el águila que es muy lista, bajó y suavemente con su pico acarició a la vaca y de repente, la vaca empezó a sentirse muy bien, muy satisfecha y empezó también a decir:

- ¡¡Tengo caricias!! ¿Quién quiere caricias?"

Y yo, allí tranquila observando todo, así que en eso estaba que veo cómo un erizo se va arrimando a la vaca para recibir esas caricias y la vaca que pone cara de "vaya, justo un erizo", pero el erizo que ya estaba acostumbrado a estas reacciones, se puso panchita para arriba y le mostró su parte más suave. La vaca, más convencida al verle la barriguita, se acercó y le acarició con su lengua.

Y también el erizo se sintió lleno y muy amoroso y empezó a decir:

- ¡¡Tengo caricias!! ¿Quién quiere caricias?

Y, claro, ¿quien iba a querer caricias de un erizo? Pues como ningún animal se acercaba a él, a mí me supo mal y le hice ver que yo quería sus caricias y se fue acercando lentamente hasta mí. Con su lengüecita me acarició el tobillo y fue algo fabuloso, me sentí tan bien, tan bien, tan llena de cariño que sólo tenía ganas de darlo, así que me fui donde mis amigos y mi familia, diciendo:

- ¡¡Tengo caricias! ¿Quien quiere caricias?

Y lo repites........ y abrazas y................. lo que quieras.


Fuente: Oral
Neus, la bibliotecaria de la Escuela de Pollença, en la
fiesta de su cumpleaños



Mariquita y la muerte

Cuentan que la muerte llegó bien de mañana al pueblo donde vivía Mariquita porque era muy mayor y había llegado su hora, así que bajó del tren y empezó a preguntar dónde vivía. El primer vecino que encontró se lo indicó porque no la había reconocido pero ya le avisó que, seguramente no la encontraría porque nada más empezar el día ya salía de su casa a sus diferentes ocupaciones. Y así fue, al llegar al domicilio de Mariquita no la encontró y preguntó a otra vecina si sabía donde estaba Mariquita, la cual le dijo:

-A estas horas suele estar ayudando a Juana con el campo pero si no se da prisa seguro que ya ha acabado.

Y le indicó donde vivía Juana

Al llegar a la casa de Juana, le preguntó por Mariquita a lo cual, ésta le contestó:

-Sí, estuvo aquí echándome una mano pero ya marchó, estará en casa de Manuel que anda enfermo y siempre va a hacerle la comida.

Y le indicó dónde vivía Manuel

Al llegar a casa de Manuel, ésta ya se había marchado dejándole un caldito de lo más rico. La muerte le preguntó si sabía dónde estaba y éste le contestó:

-Seguramente, estará cuidando los animales de Lucía que está de viaje visitando a su madre y le dejó el encargo.

Y le indicó donde vivía Lucía.

Al llegar allí y no ver a nadie, preguntó ya desesperada a otra vecina si sabía dónde podía encontrar a Mariquita y ésta le dijo:

-A estas horas suele ir a estar con sus hermanas.

Y le indicó dónde vivían sus hermanas.

Al llegar allí y comprobar que tampoco estaba, la muerte ni siquiera siguió preguntando porque ya era la hora de coger el tren de regreso.

Ya anocheciendo, Mariquita regresaba a su casa cuando encontró a otro vecino que le dijo:

-¿Qué, Mariquita? ¿Y tu cuando te mueres?

-¿Yo? ¡¡¡Pero si no tengo tiempo ni de morirme!!!



Fuente: Oral
Neus, la misma que el cuento de “Tengo carícias”



Historia del miedo

La luna tenía algo que decir a la tierra, y envió a un escarabajo.

El escarabajo llevaba ya algunos miles de años de camino, cuando en
el cielo se cruzó con una liebre.

-A este paso, nunca llegarás -advirtió la liebre, y se ofreció a
llevarle el mensaje.

El escarabajo le dijo lo que la luna había mandado decir a las
mujeres y a los hombres:

-Cada vida renace, como renace la luna.

Y la liebre se lanzó a toda carrera hacia la tierra.

A la velocidad del rayo aterrizó en la selva del sur del África,
donde en aquellos tiempos vivían las mujeres y los hombres, y sin
tomar aliento les trasmitió las palabras de la luna. La liebre, que
siempre se va sin haber llegado, habló en su atropellado estilo. Y
las mujeres y los hombres entendieron que les decía:

-La luna renace, pero ustedes no.

Desde entonces, tenemos miedo de morir.

Fuente escrita: Eduardo Galeano, Bocas del tiempo

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